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El trabajo es derecho humano y mucho más que decencia
“El trabajo es parte inseparable de la dignidad humana” “El trabajo es la base de la cuestión social”. Juan Pablo II. Por: Rodolfo Romero-Roró. Compartimos esta reflexión de Rodolfo Romero (Roró), ex presidente y actual integrante de nuestro equipo Incasur.
1ª. PARTE
 
El trabajo es un proceso social y una de las dinámicas productivas-creativas, que nos permite interpretar cabalmente gran parte de la historia humana. La antropología cultural nos enseña que el trabajo es parte de la esencia y la singularidad del ser humano, justamente con la capacidad de aprendizaje y el lenguaje articulado. Por eso, el trabajo debe ser realizado en condiciones de libertad y de respeto pleno de los derechos humanos.
 
El trabajo es parte inseparable de la dignidad humana, negado en la etapa de la esclavitud y en los diferentes sistemas que irrespetan la dignidad humana y violan los derechos humanos. Es importante destacar que la Doctrina Social Cristiana considera que el trabajo tiene prioridad con relación al capital, sabiendo que el capital es trabajo acumulado y de carácter instrumental, mientras el trabajo es la actividad específica y creativa del ser humano, donde pone en juego su propia dignidad, y consecuentemente su libertad. Por eso, el trabajo siempre tiene una dimensión humana, que debe ser respetado por todo sistema socio económico, socio político y socio cultural.
 
El trabajo es un derecho humano fundamental. Por eso hablamos de que toda persona tiene derecho al trabajo, y la distinción con relación a las normas creadas para protegerlo, se denomina Derecho del Trabajo, conocido también como Derecho Social, que comienza a desarrollarse a partir de la Revolución Industrial.
 
El trabajo esta implícito en la naturaleza humana, y por eso es fundamental desarrollar una cultura del trabajo, y contar con una filosofía del trabajo.
                                           
En general, el pensamiento socialista-humanista, que integra la dimensión material y espiritual de la vida y está centrado en el carácter subjetivo y objetivo del trabajo, sustenta el valor del mismo, asociando la libertad y la justicia social como argumento substancial para denunciar la explotación del trabajo en el sistema capitalista, que lo considera como simple mercancía, basado en la religión del MERCADO. Esa es la enseñanza fundamental que dejó Adam Smith -padre de la economía política y del liberalismo económico- en su libro “La Riqueza de las Naciones”, en 1776.
 
El sistema capitalista, pensamiento y poder hegemónico del mundo de hoy, es causante de la CRISIS GLOBAL que hoy padecemos, y que crea las condiciones de explotación, exclusión social, zozobra, inseguridad, violencia e incertidumbre en todo el planeta. Es la esencia del pensamiento NEOLIBERAL, que dictamina que el trabajo es simplemente mercancía, y por ser mercancía, pone el acento en las relaciones individuales, mercantiles, buscando negar que el trabajo es también parte de un proceso social y de una dinámica asociativa.
 
Carlos Marx fue tajante al denunciar que los capitalistas se apoderaban de la PULSVALÍA en el proceso productivo, es decir, se quedaban con el mayor valor que el trabajo incorporaba a las materias primas que se procesaba en el “Factory Sistem”, explicando el proceso de acumulación y concentración de la riqueza y del poder del capitalista. Por eso las finanzas juegan su papel tan decisivo. “PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO”, verseaba el escritor Francisco Quevedo.
 
Por ello es esencial reivindicar el trabajo humano como un eje fundamental de la cuestión social.
 
Debe ser por eso que el actual Papa Francisco, desde una perspectiva humanista, habla con claridad al decir “No a una economía de la exclusión”, agregando:
 
 “Así como el mandamiento de ´no matar´ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ´no a una economía de la exclusión y la inequidad´. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de  calle, y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera en sí mismo al ser humano como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar, hemos dado inicio a la cultura del ´descarte´ que, además, se promueve.
 
Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Las excluidos no son ´explotados´, sino desechos, ´sobrantes´.” (Evangelli Gaudium – 2013).
 
El trabajo, con la capacidad de aprendizaje con el que todo ser humano nace, y el lenguaje, que es otro de nuestros datos originales, conforman el eje de la cultura humana. Por eso es substancial sustentar la dignidad del trabajo, y no simplemente reclamar o exigir la decencia en su realización.
 
El debate tiene que ver con una cuestión que tiene un trasfondo cultural y proyección político-estratégico y, además, tiene dimensión trascendente.
 
El movimiento de los trabajadores, y en especial el movimiento sindical, no puede tragarse la espina y el concepto de trabajo decente que pregona con muy buena intención la OIT. Debe más bien sustentar y exigir el TRABAJO DIGNO Y EMPLEO DECENTE. El concepto que tengamos sobre el trabajo es decisivo para la organización de toda la sociedad. Los liberales y neoliberales desmerecen el trabajo humano al considerarlo como simple mercancía; lo afirmó Adam Smith, F. Von Hayes, y los popes del neoliberalismo, y lo repiten sin cesar los artífices del sistema capitalista. Ellos sostienen que el precio del trabajo debe regirse por la ley de la oferta y la demanda, y que no debe existir una ley laboral, ya que es suficiente la ley civil, comercial y penal.
Según sus popes, no debe existir una Ley de Salario Mínimo, y el Estado debe retirarse de la economía. Por eso insisten en forma sistemática pregonando la reforma laboral, buscando flexibilizar, precarizar, y tercerizar al máximo la relación de trabajo.
 
La relación de trabajo con las características actuales  es un dato novedoso de la historia humana -recordemos las etapas de la esclavitud de la antigüedad y los siervos de la gleba de la Edad Madia- ya que nace con la Revolución Industrial, a partir del perfeccionamiento que logra James Watt en 1769 de la máquina a vapor, circunstancia que permite generar una nueva clase social -la clase obrera, el proletariado-, establecer el régimen de asalariado, basado en la relación de dependencia del obrero con relación al patrono -el o los capitalistas-, y exacerbar la explotación de los trabajadores, haciéndolo trabajar en condiciones infrahumanas, con jornadas laborales de 16 a 18 horas por día. Lo que regía eran los reglamentos de fábrica, establecidos unilateralmente por los patronos, denominados “Capitanes de  Industria”.
 
Para garantizar este sistema de explotación, la relación de trabajo se estableció sobre la base de la relación de dependencia, de tal suerte que para ser considerado trabajador en las disposiciones legales tradicionales, era necesario e inevitable que exista esta disposición en forma taxativa. Ser simplemente asalariado, y regulado por los reglamentos de fábrica. La voluntad del trabajador no contaba.
 
Ante este atropello a la dignidad del trabajo y de los derechos humanos, surgen las luchas de resistencia y de reivindicación de los derechos de la clase trabajadora, que permitió ir configurando el nacimiento y desarrollo de las sociedades de resistencia, de los trade unions, los sindicatos, las cooperativas y diferentes formas asociativas a las que siempre se opusieron los famosos “Capitanes de Industria”, es decir, los empresarios, llegándose al colmo de dictar la famosa Ley L’ Chapellier en Francia -1791-, que prohibía terminantemente el derecho de asociación de los trabajadores, con el pretexto de que atentaba contra la libertad de comercio. Así, quienes se atrevían a organizarse, eran encarcelados y deportados. Queda en la Historia los sucesos de Dorchester en Inglaterra. (1832 -33).
 
Justamente en Manchester, en 1833, se comienza a reclamar la jornada laboral de 8 horas.
 
Es conocida la proclama de Adolphe Boyer, obrero tipógrafo de Francia, quien en 1840 lanza su llamado en los siguientes términos:
 
“Por imperfecta que sea nuestra educación intelectual, pongámonos a la tarea, dejemos por un instante la lima y el martillo, y tomemos la pluma, digamos nuestras necesidades, proclamemos nuestros derechos y pidamos justicia por todos los medios morales y legales en nuestro poder”.        
 
Y los niños eran explotados miserablemente, obligándolos a trabajar todo el día. Un patrono  llegó a expresar que “un niño de 7 años que no trabaja, no tiene derecho a comer”. Por eso, una de las primeras reivindicaciones de la clase trabajadora fue proponer que los niños no trabajaran más de 8 horas. Fue una de las primeras conquistas. Luego sirvió de base para la histórica lucha de los Mártires de Chicago en 1886, reivindicando la jornada laboral de las “tres 8 horas”: 8 horas de trabajo – 8 horas de cultura – 8 horas de recreación y descanso.
 
Todo esto en función de REIVINDICAR LA DIGNIDAD DEL TRABAJADOR Y EL VALOR DEL TRABAJO. 
 
2ª.parte
 
Reiterando que el trabajo es un derecho fundamental y parte substancial de la cuestión social, reducida a la condición de mercancía en el sistema capitalista, entre los siglos XX y XXI, adquiere una nueva perspectiva y una nueva entidad jurídica y social. Incluso, al término de la 1ª. Guerra Mundial, en 1919, da origen a la Organización Internacional del Trabajo -OIT-, única organización de carácter tripartito de las Naciones Unidas, ya que está conformada por instituciones gubernamentales, empresarios y trabajadores.
 
La OIT, con sus Convenios y Recomendaciones, fue facilitando el importante desarrollo de un nuevo derecho: EL DERECHO SOCIAL – DERECHO DEL TRABAJO, que desde su origen, adquiere la condición de ser un derecho protectivo, para proteger al más débil en la relación de trabajo, que se va convirtiendo en derecho laboral.
 
Por eso la relación de trabajo fue adquiriendo una nueva modalidad. Hoy es al mismo tiempo una relación laboral protegido por la ley, y una relación de poder de confrontación– negociacíon entre empresarios y trabajadores, que está directamente relacionado con el desarrollo de la conciencia de clase y la capacidad organizativa-formativa de la clase trabajadora.
 
Así se va desarrollando el movimiento obrero, en especial el sindicato como instrumento de poder y de representación de la clase obrera, buscando superar y derrotar a todas las campañas divisionistas–individualistas que pregona el neoliberalismo y sus diferentes voceros.
 
En este sentido, es fundamental combatir la cultura individualista que pregona el sistema, y avanzar en la dirección de rescatar y reasociar la dinámica personal y comunitaria de la vida.
 
La clave es desarrollar una conciencia-cultura orgánica. La organización es el camino.
 
En ese sentido, no podemos ignorar que la lucha sindical ha democratizado nuestras sociedades, y ha generado, como lo afirma muy bien el Papa Juan Pablo II en su Encíclica Laborem Exercens -“El Trabajo Humano”-, un verdadero “Movimiento de solidaridad”.
 
Este proceso, que podemos denominar como batalla ideológica-cultural, nos permite entender mejor la esencia de la lucha que se libra a nivel de la conciencia humana y de una nueva espiritualidad, en defensa de la dignidad del trabajo humano. El trabajo sin espiritualidad, sin subjetividad, es mercancía, es alienación, es pérdida de la libertad y dignidad humana.
 
La OIT -fundada en 1919- asumió esta nueva perspectiva, y especialmente en la declaración de Filadelfia, 1944, afirma en forma categórica que el trabajo no es mercancía, debe ser amparado por la ley y animado por la libertad y la justicia social. De ahí nace la LIBERTAD SINDICAL (Convenio 87 de la OIT y el Derecho a la Contratación Colectiva-Convenio 98 de la OIT). Y todo esto se logra entre 1947 y 1948, luego en 1951 se avanza para el sector público.
 
* Ser o no ser mercancía es la cuestión. Esta diferencia conceptual nos permite sacar ciertas conclusiones decisivas:
 
   1.- En efecto, si el trabajo es mercancía, queda sometida a la ley de la oferta y la demanda, como lo sostiene el capitalismo, y ante la lucha sindical y el avance de la conciencia social, aceptará a regañadientes que una cierta decencia conforme el marco de su realización. Decencia que significa a lo sumo observancia de algunas normas legales, ya que para el neoliberalismo no se justifican las leyes laborales.
 
   2.- Así, les resulta fácil aceptar que una cierta decencia acompañe el trabajo humano. Y en todo caso, en forma unilateral seguirán burlando la ley laboral y violentando la libertad sindical. Hoy en día intentan anular el derecho a declarar la huelga.
 
   3.- Pero si en la sociedad predomina el concepto de que el trabajo no es mercancía, y tiene prioridad sobre el capital, el trabajo es parte inseparable de la dignidad humana, y las condiciones, en especial la remuneración del mismo, será  “la medida de la justicia del régimen socioeconómico”,
 
 La organización de la sociedad debe responder a este requerimiento social, ya que el trabajo es subjetividad y objetividad, y  “es la base de la cuestión social”.
 
   4.- Nosotros, en este Siglo XXI, ante la crisis global que nos azota, estamos llamados a luchar por la construcción de una civilización fundada en el trabajo y en la solidaridad humana, buscando dar cumplimiento a la señera visión del Foro Social Mundial -FSM-, que estableció una exigencia de cambio  y una estrategia de lucha: “otro mundo es posible”.
 
Toda la clase trabajadora, tanto del sector público, del sector privado y del sector social, están comprometidos en esta tarea política, que se corresponde con una visión estratégica.
 
En este sentido, la Pastoral del amigo Francisco, primer Papa Argentino-Latinoamericano-caribeño, es alentador ya que estamos cegados por el dinero, el poder, la violencia, la corrupción y las guerras, que nos está aprisionando peligrosamente. Y él nos afirma: 
  • No a una economía de la exclusión
  • No a la nueva idolatría del dinero
  • No al poder ejercido como dominio. El poder es servicio.
  • No a la violencia, a la tortura, al terrorismo  y a la guerra
  • No a la inequidad que produce el descarte de los seres humanos
  • No a la explotación del trabajo humano.  (“Evangelii Gaudium”) 
Por eso, es necesario repensar muchas cosas, reaprender tantas otras, alertar nuestra criticidad y reflexionar con sensatez. Entre ellas, debemos revisar la formulación de la OIT, que pregona por un Trabajo Decente, y que descuidadamente repetimos también en el movimiento sindical, perdiendo el sentido de la criticidad y del cuestionamiento razonado y razonable.
 
Esto no significa desmerecer el importante trabajo de la OIT para proteger el valor del trabajo.
 
Pero alertamos de que no es la mejor manera de sustentar la dignidad del trabajo humano.
 
La propuesta correcta es postular y luchar incansablemente por trabajo digno- empleo decente, ya que de lo contrario, desvalorizamos la significación del trabajo y favorecemos el enfoque de quienes determinan que es una simple mercancía, y no vinculan el trabajo con la dignidad humana y la libertad de la persona, y cuando lo hacen, solo lo mencionan discursivamente, maquillando luego lo que aprueban.
 
Y los neoliberales y empresarios son tenaces en sus propósitos: Hoy trabajan incansablemente en la creación de una cultura corporatista, monitoreada directamente por las  corporaciones transnacionales y difundida alevosamente por los medios de comunicación social -MCS-, que tienen carácter monopólico y oligopólico. Mal utilizan la ciencia y la tecnología para ello. Reorganizan todo el sistema empresarial, buscando prescindir del trabajo humano, poniendo énfasis en la robotización para aumentar la productividad, la competitividad, y maximizar las ganancias.  Monsanto, Wall Mart, Coca Cola y 500 empresas transnacionales están en la vanguardia de la campaña.
 
Buscan sembrar un individualismo difuso, un consumismo tramposo, un mercantilismo dominado por el dinero y una cultura de mercado convertida en una nueva religión.
 
Y el trabajo humano es simplemente mercancía. No figura en el mapa de la sociedad.
 
En este tiempo de crisis generalizada, de desempleo masivo y de explotación salvaje del trabajo, que ya alcanza a los trabajadores de los países industrializados, debemos exigir más que nunca trabajo digno y empleo decente.
 
Debemos afirmar categóricamente: ninguna sociedad puede prescindir del trabajo humano.
 
En esta batalla ideológica-cultural, de dimensión política-estratégica, no es simplemente decencia lo que pedimos y exigimos. Es algo mucho más profundo. Exigimos el respeto pleno de la dignidad del trabajo humano, y en consecuencia, el respeto a las condiciones dignas, a un salario justo, y a la participación en los resultados del esfuerzo empresarial, ya que la empresa es y debe ser una comunidad de personas y un bien social, y no un simple negocio para lucrar sin límites.
 
Es una batalla cultural de profunda dimensión la que estamos librando en el inicio del siglo XXI.
 
En este sentido, es bueno registrar la filosofía y los artículos de avanzada de la Ley Orgánica del Trabajo, las Trabajadoras y Trabajadores de Venezuela –LOTTT– dictado el 30 de Abril de 2012, ya que según el Presidente de la República, Hugo Chávez, “La clase obrera debe convertirse en el brazo industrial de la Revolución Bolivariana…”
 
En nombre del humanismo social del siglo XXI, apelamos a la conciencia humana y exigimos como dato esencial, trabajar por  el desarrollo de una nueva filosofía cultura del trabajo humano, ya que el mundo en que vivimos, está marcado por las decisiones del hombre y la mujer, y por la orientación que asumimos colectivamente en la vida.
 
Y más allá de lo paradójico-contradictorio de nuestro tiempo histórico, marcado profundamente por la acentuación de los conflictos sociales, debemos registrar con mucha claridad, que no es simplemente una época de cambios la que estamos experimentando, sino un verdadero cambio de época lo que estamos protagonizando.
 
En este albor del siglo XXI, debemos redescubrir la verdadera filosofía–cultura del trabajo, y luchar para que el ordenamiento socio-económico, socio-político y socio-cultural de nuestras sociedades, rescate el sentido profundo del trabajo humano, y así, poder edificar la civilización del trabajo, para no morir en la civilización del capital, que nos está condenando a la CRISIS GLOBAL y a la desesperanza  personal y comunitaria.
 
Es perentorio asociar definitivamente la libertad, la justicia social y la paz universal.
 
Necesitamos crear una nueva agenda para rescatar plenamente el humanismo integral.
 
Y también debemos colocar en la agenda: trabajo digno y empleo decente para todos, sin “descartados”, sin injustica e inequidad social.
 
“El sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos; el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más frágiles no nos son tan lejanos; el imperio del dinero con sus demoníacos efectos como la droga, la corrupción, la trata de personas -incluso de niños- junto con la miseria material y moral son moneda corriente.
 
La destrucción del trabajo digno, las emigraciones dolorosas y la falta de futuro, se unen también a esta sinfonía”.
 
Francisco – “Evangelii Gaudium” - 2013.     
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