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9 y 10 de diciembre: dos fechas para repensar la cultura
Un clásico de fin de año. La reflexión de Rodolfo Romero RoRó.Las Naciones Unidas (ONU) declararon el 9 de diciembre como el día internacional contra la corrupción.
Las Naciones Unidas (ONU) declararon el 9 de diciembre como el día internacional contra la corrupción.
 
Y el 10 de diciembre se conmemora la declaración  universal de los derechos humanos (ONU, 1948).
 
Son dos fechas con un significado muy especial, que impacta directamente a la conciencia y la cultura humana, y que no admite la neutralidad frente a los mismos. O se la acepta vitalmente, o se la manipula groseramente.
 
Llegó el tiempo histórico en que debemos convertir en un valor cultural la conciencia de repudio a la corrupción y de defensa de los derechos humanos.
 
La palabra corrupción viene del latín “corruptio”, que significa putrefacción, descomposición, alteración, depravación, perversión, daño, mal olor, hedor. La descomposición es su proceso. Lo podrido es el resultado, que identifica al personaje que se convierte en corrupto.
 
El soborno como el cohecho son prácticas que alimentan la corrupción, y que es muy común en nuestras sociedades. Sobornar es corromper, es producir fisuras en los bolsillos, es tapar la boca con la compra de la conciencia, y seduce con las  “regalías”. El soborno se ha vuelto muy común en la administración pública y en la gerencia privada. Se complementan. Y generalmente operan en forma asociada. Y penetra también profundamente los movimientos sociales, y llega hasta a las iglesias.
 
Hoy día estamos saturados con los políticos, jueces y parlamentarios corruptos, que han perdido toda vergüenza cuando consuman sus fechorías. El cohecho es el soborno que se practica en la administración de la justicia, comprando jueces para que sus fallos violenten los derechos humanos de las personas afectadas, y beneficien generalmente a los poderosos. Hoy en día abundan los jueces corruptos. Ellos son los prohijadores de la impunidad en el proceso de la corrupción, aparecen inevitablemente dos personajes: el corruptor y el corrupto. y ambos son responsables de sus actos.
 
La corrupción se ha regado tanto que se destacan entre sus adalides a monarcas, políticos, intelectuales, artistas, jugadores, curas y pastores, sindicalistas, empresarios y funcionarios nacionales e internacionales, legisladores, jueces, fiscales, a casi todo el mundo.
 
La mentira, el dinero y el poder son  armas privilegiadas de los corruptos, ya que la falsedad, el embuste, el fraude, la autoridad mal ejercida, son maquinaciones que buscan disfrazar los hechos, herir gravemente a la honestidad, asesinar a la verdad y borrar la responsabilidad. Nuestras sociedades están saturadas por el poder del dinero, que pretende convertir en mercancía toda la convivencia societaria. Comprar y vender todo es su consigna. “Poderoso caballero es don dinero” decía Don F. de Quevedo.
 
El narcotráfico -narconegocio, el armamentismo- y la falsificación de la verdad producido por ciertos medios de comunicación social son partes de este festín de la corrupción. Aparece la posverdad y el fake news.
 
La corrupción ha llegado a penetrar tan profundamente los tejidos de la sociedad que pareciera llegar a confundir a los incautos, pretendiendo convertirse en una nueva cultura, es decir, en una nueva manera de comportarse en la vida diaria, despreciando la verdad, la honestidad, la coherencia, la sobriedad, la decencia.
Ante el furor que va creando el clima de corrupción-impunidad imperante en nuestras sociedades, es que las Naciones Unidas declaró el día internacional contra la corrupción para despertar la conciencia ciudadana, sacudir a las instituciones públicas, privadas y sociales, y resembrar la verdadera cultura de la verdad, la honestidad y la responsabilidad.
 
Y todo está asociado a la vigencia o no de los derechos humanos, ya que justamente la corrupción-impunidad la está vulnerando gravemente.
 
Por eso necesitamos recordar y conmemorar con fervor el día universal de los derechos humanos, consagrado en la carta universal de los derechos humanos de las naciones unidas, vigente desde 1948.
 
Por eso, ante este acontecimiento, debemos reiterar nuestro compromiso de generar toda una nueva cultura de respeto y vigencia de los derechos humanos, en especial ante el drama creciente de la desigualdad,  la exclusión social, la pobreza, el rebrote del racismo, la intolerancia, el hegemonismo, la violencia, armamentismo, el terrorismo y la guerra, el intervencionismo de ciertos países y la conculcación sistemática de los derechos humanos en todos los órdenes, en especial con la explotación del trabajo humano y una esclavitud moderna.
 
La declaración universal de los derechos humanos establece con claridad:
 
“Todos los seres humanos nacen con derechos y libertades fundamentales iguales e inalienables”
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están, de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (art. 1º.)
“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política, o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición” (art. 2º).
 
Lamentablemente todos nuestros derechos  están sometidos a la prueba de la vida.
 
Se llega al extremo de negarlos o relativizarlos. En Argentina y Brasil se llega al extremo de quitarle jerarquía a los ministerios del trabajo. Y los presidentes de la República (Macri, Bolsonaro, otros), expresan directamente su rechazo a los derechos de los trabajadores, y magnifican los intereses de los empresarios. Buscan imponer en la sociedad la concepción de que el trabajo es mercancía, y su precio debe estar sometido a la ley de la oferta y la demanda, para así garantizar la maximización de los beneficios del capital  de la plusvalía se apoderan los accionistas. 
 
Las políticas neoliberales están montadas en las reformas laborales y en políticas antisindicales y antisociales para lograr estos objetivos.
 
Estamos en un momento de grandes desafíos.  O los Derechos Humanos no pasan de ser meras declaraciones bonitas, o efectivamente se convierten en la razón de ser de una vida societaria basada en la verdad, en la cooperación, en la solidaridad, en la justicia social, en la democracia real  y en la PAZ UNIVERSAL.
 
Renovemos nuestro compromiso de combatir la corrupción – impunidad, y de luchar incansablemente por crear un clima de vida fraterna, civilizada, con vigencia plena de los derechos humanos.
 
Y que el amor derrote al odio en forma definitiva.
 
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