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El trabajo constituye la primacía esencial del hombre
Compartimos el homenaje de Juan Manuel Martínez Chas, abogado laboralista, docente y asesor legal de sindicatos, a Emilio Máspero.
Con motivo de la celebración de la semana social de la Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Argentina en 1984, merece resaltarse la intervención que realizó, en ese momento, el legendario Secretario General de la Confederación Latinoamericana de los Trabajadores (CLAT), Emilio Máspero.
 
A la luz de la encíclica Laborem Exercens (LE), del Papa Juan Pablo II y la dignidad del trabajo humano, construyó una instancia de clarificación de los objetivos de la CLAT en el marco del Movimiento de los Trabajadores, el latinoamericanismo y las proyecciones sobre el futuro del trabajo que el neoliberalismo incipiente estaba imponiendo sobre los trabajadores, principalmente, latinoamericanos.
 
En ese contexto, Máspero señaló que en la Encíclica de Juan Pablo II se ensalza la razón de ser del movimiento obrero: “La reducción del trabajo a su dimensión objetiva lo transforma fatalmente en un mercancía o en un facto anónimo y totalmente deshumanizado. Finalmente esto es lo que ha provocado la cuestión proletaria y la puesta en marcha del movimiento obrero organizado en todas partes del mundo”. El trabajo confirma, para Máspero, la primacía esencial del hombre.
 
Por el trabajo y el hombre, el hombre afirma la primacía esencial sobre todas las cosas, ya lo había indicado la contundente frase del canónigo Cardijn, fundador de la Juventud Obrera Católica (JOC), cuando afirmó que “un solo joven trabajador vale más que todo el dinero del mundo”. Mediante el trabajo el hombre se realiza como hombre y se dignifica como persona humana.
 
En Laborem Exercens, el Papa Juan Pablo II, señala “el trabajo es un bien del hombre, un bien de su humanidad, porque mediante el trabajo el hombre no solo transforma a la naturaleza, atándola a sus propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre. Es más, en cierto sentido se hace más hombre”.
 
Por otro lado, alertando sobre los desafíos que nos inculca hoy el Papa Francisco, acerca de la cuestión ecológica integral. En la Encíclica Laudato Si (LS) señaló que “el trabajo humano humaniza a la naturaleza en contraposición con el suicidio ecológico motorizado por la explotación del trabajo en su mero sentido objetivo. Además el hombre que trabaja es el gran constructor de la Nación, la gran patria latinoamericana, con el trabajo se enriquece el patrimonio de toda la humanidad”.
 
En el octavo Congreso de la CLAT, al analizar las relaciones de lo que se denominó el Movimiento de los Trabajadores, concepto que nació en 1971 a instancias de la Central Latinoamericana de Trabajadores y la Iglesia, la organización sindical acordó que las iglesias cristianas, particularmente la católica, constituyen histórica y socialmente uno de los pilares de la constitución, identidad y proyección cultural, ideológico y valorativo y de dinamismo popular de los hombres y naciones latinoamericanas, particularmente después de la renovación y reorientación inicias por el Concilio Vaticano II y las Conferencias de Medellín y Puebla. A ellas cabe trazar una continuidad con el documento de aparecida de 2007 y el magisterio social que encarna nuestro Papa Francisco.
 
Para Máspero y la CLAT, el Movimiento de Trabajadores en América Latina reivindica y actualiza legítimamente un protagonismo histórico fruto de la toma de conciencia y de la práctica comprometida con los problemas, las esperanzas y la lucha de la clase trabajadora. Pero resultará necesario el respeto de las mutuas autonomías, respectivos objetivos y tareas con todos los hombres y mujeres latinoamericanas así como la constatación en una unidad convergente, fundamentada en el análisis de la lacerante realidad de las condiciones de vida, trabajo y la organización de los trabajadores en nuestro continente.


Tanto la iglesia como el Movimiento de los Trabajadores deben estar metidos en el diseño y el advenimiento de una nueva civilización del amor, como se la llamó en Puebla, o en la nueva sociedad como la llama la CLAT, centradas en la primacía de la persona humana y de los valores de justicia, libertad, solidaridad, paz y fraternidad. Se establece la necesidad de una convergencia y un compromiso actualizado y profundizado en la realidad cotidiana, local, regional, nacional y continental, por la denuncia teórica y práctica de las situaciones de injusticia, opresión, ausencia de libertad, los atentados contra la identidad cultural y dinámicas de poblaciones belicistas, dictaduras,  totalitarismos criollos o importados.
 
Vemos aquí la cuestión de la situación que viven los pueblos de la Amazonia y los pueblos sojuzgados en la América profunda.
 
Se desarrolla, además, el anuncio y la acción en favor de las alternativas realmente respetuosas de los deseos y realizaciones de los pueblos latinoamericanos bajo el sesgo de una democracia real, que es una democracia social con desarrollo autónomo y calidad de vida humanizadora.
 
En ese marco, la CLAT llama a promover y profundizar un diálogo entre la Iglesia Católica y el Movimiento de los Trabajadores, particularmente en los niveles nacionales y locales para que el intercambio de información, análisis, experiencias y programas, relativos a situaciones concretas, se desarrolle con una mayor conciencia y con mayor protagonismo, se precisen los objetivos y se busque la liberación integral de todos los hombres y mujeres latinoamericanas.
 
Se instaba entonces también a la Iglesia, cuestión zanjada definitivamente en los actuales tiempos por la Iglesia en salida con olor a ovejas del Papa Francisco, de tomar para sí tanto del Movimiento de Trabajadores como de la Iglesia Católica latinoamericana la opción preferencial por lo pobres, ratificada en Puebla, como la única opción para la defensa y promoción de los derechos de los trabajadores, las organizaciones y sus pueblos, en particular la formación doctrinaria e ideológica y el apoyo social y solidario a las justas reivindicaciones e iniciativas del Movimiento de los Trabajadores para consolidación y desarrollo permanente en su autonomía y en sus actos.


Del 6 al 11 de septiembre de 1989 tuvo lugar, en las instalaciones de la Universidad de los Trabajadores América Latina (UTAL), en San Antonio de los Altos Estado de Miranda en Venezuela, el tercer coloquio Movimiento de los Trabajadores e Iglesia, auspiciado por la CLAT con la participación del departamento social del CELAM.
 
En ese mismo documento se estableció, en materia de lo que se denominó Pastoral del Trabajo, la necesidad de instaurar una Pastoral del Trabajo que presuponga para su eficacia la estrecha solidaridad, teórica y práctica, entre la Iglesia y el Movimiento de los Trabajadores. Eso implica correr riesgos, eso implica una Iglesia que asuma responsabilidades y a un Movimiento de los Trabajadores que salga de la instancia de sus locales y sus centros de trabajo, de sus fábricas, de sus lugares naturales y se inserte en el marco del pueblo. Un Movimiento de los Trabajadores y una Pastoral, construidos desde la periferia, como nos enseña Francisco.
 
Se realzan los modelos de los pastores, su acercamiento y su presencia al mundo del trabajo, su visita a las fábricas, su preocupación por los campesinos, por los desocupados, por los migrantes, por los minusválidos, los descartados y los excluidos, de los que nos habla Francisco en forma permanente y al que se suma con vigor la consigna: tierra, techo y trabajo de los movimientos populares.


Para la CLAT esta pastoral requiere la existencia de movimientos y organismos específicos que recojan y evalúen esas experiencias realizadas. El destino de la Iglesia, de los agentes de pastoral, especialmente preparados en las ciencias sociales y en la doctrina social de la Iglesia para el servicio del movimiento de los trabajadores.
 
En este contexto, se precisa la necesidad de tomar la experiencia del ver, juzgar y actuar de la impronta JOCISTA, más el integrar que nos acerca el Papa Francisco.
En ese momento, hace 30 años, se había sugerido seguir el correlato del apóstol de la Iglesia en el mundo del trabajo, Cardenal Josep Cardijn, como un motivo de renovación del compromiso de todo el pueblo de Dios en y para la clase trabajadora. En ese marco también resultarán indispensables usos de infraestructura, documentación, servicios de formación  y de información para implementar esta pastoral.
 
La formación y la cualificación de los cuadros y su inserción en el pensamiento y en la acción concreta son claves en el pensamiento de la entonces Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) y de Emilio Máspero, a partir de su asunción en el buró de la Central como Secretario General de la CLAT.
 
Hemos sentido la necesidad, dice el documento, de elevar esta petición a la Iglesia Latinoamericana, que revise su pastoral social y haga que sus universidades, sus colegios, sus instancias, se basen en la doctrina social de la Iglesia.
 
Esta responsabilidad implica, al decir de la Central Latinoamericana de Trabajadores, un compromiso ineludible ante la distorsión que se hace de las realidades y decisiones de la Iglesia y del movimiento de los trabajadores, tanto a niveles nacionales, latinoamericanos e internacionales.
 
Ello no solo por el lobby del dinero y de la tecnocracia, como ha señalado recientemente el Papa Francisco en su recorrido para la reforma y la transformación de la Iglesia, sino porque resulta una alianza fundamental para constituir ese nuevo mundo, aquel nuevo mundo que se basa en una ecología integral, donde el hombre sea el centro de las cosas y vuelva a adquirir su dignidad y donde nuestra tarea haga eje en la promoción humana, en la justicia social y en el bien común.
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