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Vuelve el desarrollo: del economicismo al giro ético
Este artículo parte de la premisa que el desarrollo requiere un programa y no es consecuencia de la economía de mercado. El autor analiza distintas teorías, como la de dependencia o la de desarrollo con densidad nacional y afirma que todavía no surgió una
La teoría del desarrollo nace luego de la segunda guerra mundial teñida de una especie de concepción económico mecanicista que creía que, con el advenimiento del capital externo y la apertura comercial, rápidamente se irían recorriendo las etapas predeterminadas hacia el desarrollo. El subdesarrollo era sólo visualizado desde categorías temporales –pero paradójicamente prescindiendo de la historia real y de las causas políticas- que lleva a clasificar a los países y regiones en atrasadas y adelantadas. El uso de reactivos económicos adecuados y la modernización cultural pondrían a las sociedades tradicionales en la buena senda del desarrollo ascendente. Ahora bien, el aumento de los indicadores económicos y en particular el Producto Bruto Nacional, no aseguran por sí solo un mayor bienestar del conjunto de la población.

El estructuralismo latinoamericano

Una crítica precursora al desarrollo economicista provino del estructuralismo latinoamericano. Según esta perspectiva, el subdesarrollo no es una cuestión de tiempo, lo que permitiría clasificar a los países entre adelantados y atrasados respecto a un modelo de desarrollo preestablecido desde el puñado de países adelantados. Se prefiere hablar de países centrales y periféricos que son tales en función de su estructura económica correspondiente.
Es decisivo “programar el desarrollo” –proclamaba la CEPAL conducida por Raúl Prebisch-, y es necesario “diseñar estrategias estatales explícitas dirigidas a transformar las estructuras internas, para romper los obstáculos al desarrollo y permitir nuevas formas de integración a la economía mundial”. No es que el Estado tenga que hacerlo todo sino que debe generar un “ambiente facilitador” al desarrollo, promoviendo entre otras cosas un proceso de industrialización basado en una estrecha colaboración entre el Estado y el sector privado.
Prebisch se inclinaba por un “modelo mixto” que combinara industrialización propia y capacidad exportadora. No se buscaba tampoco un proteccionismo a ultranza que disimulara ineficiencias o permitiera una cómoda baja calidad productiva local por falta de competencia. La integración regional fue vista también tempranamente como un modo de dar solución a los estrangulamientos –falta de escala, racionalización de costos- de dicha estrategia mixta.

Las teorías de la dependencia

Lo cierto es que los planteos estructuralistas prepararon el camino para una crítica más radical que dio origen a las teorías de la dependencia. Nos interesa destacar entre otros a Celso Furtado que subraya la necesaria ruptura con la economía clásica o con la ciencia económica generada en los países centrales que se sostenía en la lenta difusión del progreso técnico y en el sistema de división internacional del trabajo.
Furtado constata una creciente desnacionalización, en vez de un mayor control nacional de la economía. Al mismo tiempo, llama la atención sobre el agravamiento de los problemas de la balanza de pagos a causa de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), el empeoramiento de la distribución de la renta, el aumento del desempleo y la falta de diversificación. Para los “dependentitstas de la CEPAL” se hacía necesario un giro de las ciencias sociales hacia el anticapitalismo. En forma más propositiva, Furtado considera que la tarea central de una teoría del desarrollo tiene que afrontar el aumento de la productividad del trabajo y sus repercusiones en la distribución y utilización del producto social”.
El subdesarrollo no es un retraso sino un producto del colonialismo y el imperialismo. Solo es posible el “desarrollo del subdesarrollo”. O sea, el desarrollo o su carencia no se explica sólo desde factores económico externos e internos –habrá dependentistas que acentuaran unos factores más que otros- sino fundamentalmente en base a relaciones de poder político. La deriva hacia soluciones políticas y vinculadas a la toma revolucionaria del poder, también a su manera, contribuyó a eclipsar la discusión más técnica acerca del desarrollo considerada una cuestión reformista.
Precisamente desde una óptica más reformista, el llamado enfoque social desaloja al PNB cómo único indicador del desarrollo y establece la satisfacción de las necesidades básicas como una meta más amplia del desarrollo y no simplemente el crecimiento económico. El desarrollo social es ciertamente un enriquecimiento en la concepción del desarrollo pero fácilmente puede transformarse en simples políticas sociales compensatorias y focalizadas, o en programas de alivio y contención hacia los sectores más vulnerables pero sin remover las causas que generan la pobreza y la desigualdad crecientes. La orientación del llamado desarrollo social – nacida a finales de los sesenta-fue retomada con nuevo ímpetu en los 90 poniendo el énfasis en el uso de mecanismos supuestamente más eficientes y transparentes –como reflejo de las reformas generales y de ajuste del Estado- dando lugar a un estilo gerencial y privatizador de las prestaciones.
Por otro lado, el fracaso de las intentonas revolucionarias y la debilidad de las democracias permitieron que se acentuaran las propuesta ortodoxas liberal, especialmente a lo largo de los años 90, volviéndose a priorizar el crecimiento económico fundamentalmente en base a la apertura comercial, las privatizaciones y los programas de ajuste estructural que redundaron en el achique del Estado y en una visión mercadocéntrica generalizada, también habitualmente denominada pensamiento único.
Ahora bien, las nuevas contribuciones a la concepción del desarrollo aparecen a lo sumo como enfoques rectificadores que tan sólo atenúan o moderan la voracidad de los mercados, pero no terminan de vertebrar un paradigma alternativo de desarrollo.
Así cada uno de estos “desarrollos” se “autonomizaría” de una visión totalizadora, focalizándose en un aspecto, segmentando la cuestión del desarrollo y las consecuentes políticas que se diseñen. De este modo, el desarrollo local, por ejemplo, es visualizado –al menos en ciertas versiones- como si fuera posible sólo desde lo local alcanzar el desarrollo. Tal “fragmentación del desarrollo” hace perder la “unicidad del desarrollo”.
Busquemos ahora algunos intentos que nos ponen en camino hacia esa unicidad del desarrollo o de que lo también podríamos llamar la propuesta de un rumbo desde nosotros mismos. Mencionemos algunos de los esfuerzos más significativos en ese sentido en el ámbito latinoamericano. Luego de la “revolución neoclásica”, con su enfoque pro mercado de mediados de los años setenta y ante sus efectos devastadores, resurgen las originarias tesis cepalinas adaptadas al nuevo escenario mundial, conformando el neoestructuralismo latinoamericano. Se retoman los postulados originales que en términos actuales significa apuntar al desarrollo basado en capacidades tecnológicas, institucionales y de conocimiento propios. Los cuales son procesos esencialmente endógenos que necesitan ser programados. Se insiste en prestar atención a las características estructurales, en el contexto histórico -a diferencia de las tesis economicistas que hacen abstracción de él-, a la amplificación de las imperfecciones del mercado y en la necesidad de considerar los aspectos sociales, políticos y medioambientales.
Retomando entonces aquello de un “desarrollo desde dentro” la nueva propuesta agiornada de la CEPAL desemboca en la estrategia de “transformación productiva con equidad”. Fundamentalmente se basa en reducir la transferencia de capital al exterior para pagar la deuda externa, en aminorar el déficit no sólo restringiendo el gasto público sino aumentando los ingresos del Estado mediante una reforma tributaria y, de modo general, en aplicar medidas graduales que resulten socialmente aceptables y no frenen el crecimiento, de ahí el nombre de “ajuste heterodoxo”. Pero su novedad propiamente radicaría en subrayar el crecimiento exportador, inicialmente de bienes primarios como manufacturados, para luego pasar a una fase de productos con mayor valor agregado.
Cuesta ver en estos planteos la energía y la visión alternativa de la CEPAL fundacional. Es por eso que no han faltado críticas a la corriente neoestructuralista que indican demasiado eclecticismo y “convergencia con el enfoque favorable al mercado”.

Adjunto puede leerse el documento completo con las citas correspondientes.

Autor: Eloy Patricio Mealla, Licenciado en filosofía – FLACSO. Extracto del artículo publicado en D.García Delgado y L.Nosetto (comps), El desarrollo en un contexto posneoliberal, UBA CyT - FLACSO - Ed. Ciccus, Buenos Aires 2006.
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